lunes 13 de julio de 2009

Mis cinco canciones de amor (y V): The first time ever I saw your face, de Roberta Flack

The first time ever I saw your face
I thought the sun rose in your eyes
And the moon and stars were the gifts you gave
To the dark and the empty skies, my love,
To the dark and the empty skies.

The first time ever I kissed your mouth
And felt your heart beat close to mine
Like the trembling heart of a captive bird
That was there at my command, my love
That was there at my command.

And the first time ever I lay with you
I felt your heart so close to mine
And I knew our joy would fill the earth
And last till the end of time my love
It would last till the end of time my love

The first time ever I saw your face, your face,
your face, your face



(Imagen: Eco y Narciso, de John William Waterhouse)

domingo 5 de julio de 2009

El ombligo del mundo

Conoces el centro del mundo cuando sufres de desamor: el centro está en el otro.
Sin que te des cuenta, todo gira alrededor de él. Tus planes, tus desvelos, tus cambios de humor son los del otro. Te alegras con sus éxitos y te entristecen sus fracasos: eres el otro. No es ni siquiera una simbiosis. No. Es un ejercicio de mimetismo que casi siempre resulta imperceptible, para el resto y para el otro. Porque para el otro no eres nada, no eres más que una persona que hay a su alrededor, una persona que le felicita en sus buenos momentos o que se preocupa por lo que le ocurre, alguien encantador, alguien con el que parece que siempre podrá contar.
Pero nada es para siempre y a veces te desnortas: a veces el otro desaparece sin avisar y ya no tienes centro.
[Imagen de Horst P. Horst]

miércoles 1 de julio de 2009

Yo quiero ser Olive

¿No has visto aún Pequeña Miss Sunshine? Pues no esperes mucho más. No diré, como los publicistas bien pensantes, que es una película que te hace sentir mejor persona. Noooo, eso no lo voy a decir, porque además, es una concepción muy relativa, como lo de los clásicos y la música de calidad. Sólo puedo decir que pasarás un buen rato y que todos aquellos que en algún momento se sintieron incomprendidos o fuera de lugar se sentirán menos solos en este mundo de etiquetas.
Hace tiempo que llevo pensando en lo complicado que es ser uno mismo. Sí, sí, tal cual, y no me refiero a que dejemos de actuar de una determinada manera según el lugar en el que estamos. No. Me refiero a salirme de la fila e irme a esa caja que está al final del todo y a la que nadie va por no probar a ver si le va mejor, a decidir formar parte de esas grandes estanterías que hacen del mundo un supermercado: las marujas, los taxistas que escuchan la COPE, los tenderos que te llaman "reina" o algo parecido, los modernos sectarios, los Bo-Bo's, los pijos, los trajeados con su triple subdivisión, las "juanis", los perroflautas... una amplia selección de productos que en ocasiones se entremezclan y cambian de forma como los Pokemon. En esta vida lo complicado es "tener criterio", el decidir que no te vas a comprar un chaleco-plumas para el invierno por muy a la moda que esté porque sabes positivamente que vas a pasar frío, el reconocer que te gusta Harry Potter aunque te estés leyendo la obra completa de Proust en francés por gusto, que te encantan las pelis de Claude Sautet y que de vez en cuando ves Godzilla porque te entretienes... no todo es cuestión de calidad, más bien todo es cuestión de gustos y decidir que seguirás llevando calcetines de rombos cuando se pasaron de moda. Es saber que algo te gusta y no arrepentirse de ello por el miedo al ridículo.
Si no la has visto, lo comprenderás, y si ya lo has hecho, la recordarás: adorarás a esa niña por lo que es y no por ser un elemento decorativo como muchos otros. Y a su familia, que dan otra gran enseñanza que me reafirma en que lo perfecto es muy aburrido: a veces el sufrimiento es la mejor parte de tu vida.

viernes 19 de junio de 2009

De amicitia

Para el hombre intermitente, los amigos eran fundamentales. Mantenía amigos de su colegio, de su primer año de carrera, de diversos cursos, de sus estancias en diferentes países... Allá donde llegaba rápidamente entablaba amistad con la que gente que allí había: normal, era libra. Para él eran muy importantes y el único problema era que se ataba a ellos, que se preocupaba de no perder los lazos con un montón de gente con la que, probablemente, ya no compartía ningún tipo de inquietud. Según él mismo reconocía, vivía mirando hacia atrás, hacia el pasado, para no perder nada de aquellos instantes.
Yo miraba al contrario. Yo miraba al frente, hacia el futuro, despreocupada de que nada me atara. Encadenaba desencanto tras desencanto y pensaba que las amistades tenían fecha de caducidad, que tenían su momento, su circunstancia, sus momentos de complicidad, y cuando todo aquello acababa, no tenías nada de que hablar y lo dejabas desvanecerse con un cierto desapego.
Yo no entendía muy bien aquella actitud suya y siempre le decía que todo era como un viaje en globo en el que para avanzar había que soltar lastre. Yo seguí mirando hacia adelante, llegué un día en el que me harté de mirar atrás a ver qué ocurría y decidí proseguir con mi camino.
Y allí me encontré que no todas las amistades se caducan, que algunas perduran e incluso se mantienen como en el momento en que las dejaste, y que hay otras que surgen por generación espontánea, sin excesivas implicaciones. De todas formas, esto de la amistad es algo extraño. ¿Qué es la amistad? Los diccionarios podrán decir lo que quieran pero cada uno lo entiende como quiere: es un juego de todo y nada. Unos lo dan todo y otros así lo esperan, mientras que los hay no dan nada y los que esperan otro tanto; los que lo ven como una cuestión de frecuencia, de afinidades, de unión ante la adversidad, de juergas garantizadas y lloreras reiteradas. Para mí es una cuestión de estar: para reír, reflexionar o debatir el estado de cuestión cuando surja, sin necesidad de un almanaque o de una frecuencia de hábitos que te diga que "hoy es sábado primero de mes así que toca coito antes de irse a dormir". A veces puedes verlos todos los días y en otros casos apenas existe la frecuencia, una pequeña conversación por el messenger cada cierto tiempo o unas cañas cada par de meses: la intensidad puede ser parecida, te importa lo mismo, te ríes igual, tu hombro siempre estará. Pero hay casos que sí y otros que no, casos que me desencantan, casos que me juzgan, que me apartan como si fuera una apestada o que no pueden llegar a entender que no puedo darlo todo cuando hay circunstancias que me lo impiden. Bueno, supongo que no lo entienden o es que realmente ellos no entendían la amistad así, o que directamente no lo eran, las cosas como son. No me arrepiento de lo que hice pero no puedo entender ciertos comportamientos: ni aplausos, ni acalorados agradecimientos, sólo respeto.
Tanto pido tanto hago: yo estoy, eso lo sé. Estoy atenta a lo que ocurre, a cualquier síntoma, a cualquier pequeño detalle que me indique que eres necesario: para el chiste tonto, para oreja-diván o para consejos no vinculantes.
A veces son cosas muy pequeñas las que dan sentido a las relaciones humanas.
[Imagen: Gemelos con espejo, Imogen Cunningham]

sábado 13 de junio de 2009

Hipnotizador

Sola con tu asesino
¿has estado con tu hipnotizador?

(sobre todo el silencio: los sensibles dedos sobre tu cuello
acariciando la nuca, una presión apenas perceptible)

¿has estado con tu hipnotizador?
Tú estás relajada, no piensas en nada, el alma
El alma cae a través de tu cara, cubre tu cara, como
un velo: desvela
Tú caes,
¿sola con tu asesino?
Tú caes
Caes
Caes
¿Sola con Dios? El alma se levanta en su rostro, se parte en dos

Sólo un ligera presión
Agneta Enckell
(traducción de Francisco J. Uriz)

[Imagen: La cama sin hacer, Imogen Cunningham]

miércoles 10 de junio de 2009

Así me siento yo

En jarras, esa posición tan propia de mí, y con el apoyo de todos mis "chicos". No es que no tenga amigas ni que ellas no me apoyen, pero es que ellos se ponen más belicosos a la hora de decirme que algo no les gusta o que estoy cometiendo un error. Y eso me hace mucha gracia, pues no tienen el grado de intimidad y confianza que tengo con ellas.

domingo 7 de junio de 2009

Intimidad

¡Ah! Pero... ¿eso no es lo que somos nosotros?
La primera vez que me invitó a ir al cine me tomé a risa la pedante cinefilia con la que me presentó la película que podíamos ir a ver. En los Alphaville ponen una comedia erótica alemana, me decía por el messenger. Mientras me decía que se llamaba Desnudos yo le espeté mi ingeniosidad. Sonrió: le hizo gracia que en apenas un mes mi concepción de nosotros dos fuera ésa.
No la he vuelto a ver. No estuvo mal pero se quedó ahí, en esa memoria de películas que ves y que pasan al fondo, para no molestar a otras que vuelven a ti cada cierto tiempo. Sin embargo, me descubrió una cierta afición suya: no tanto por las comedias ni por el cine alemán sino por la temática erótica. No era nada escandaloso, todo era muy natural, pero me resultaba curioso que siempre acabáramos con películas de ese tipo, que acabáramos viendo Carmen y él resaltara mis virtudes físicas frente a las de Paz Vega (no os penséis que estoy igual de buena, ni muchísimo menos), que fuéramos a ver Dreamers o que yo le hablara de la controvertida recepción que tuvo 9 songs en el festival de San Sebastián y planeáramos ir a verla en cuanto la estrenaran.
Lo acabamos dejando. Me quedé con las ganas de ir al cine a ver Lost in translation y dejamos que todo se fuera diluyendo.
Esta semana, alguien a quien, bueno, no conozco demasiado pero al que aprecio bastante pasó un mal rato viendo una película que le hacía recordar cosas para las que no estaba preparado. Recordé que a mí me ocurría lo mismo con otra. No era ni Desnudos, ni Dreamers, ni 9 songs. No. Fue una película que vi después de todo aquello, después de lo más o menos protocolario y antes de ciertos escarceos nostálgicos: Intimidad. Recuerdo que el último cumpleaños en el que estábamos juntos le regalé Amor en tiempos tristes de Hanif Kureishi; al mismo tiempo, yo me compré la novela del mismo autor en la que se basaba la película. Podríamos haberla visto perfectamente juntos, los dos nos habíamos leído los textos en los que se basaba la película, pero no: la vi una tarde, en mi casa y acabé con un nudo en la garganta. Y casi lloraba: lloraba porque me sentía igual de sola que la protagonista, porque hubiera dado igual que habláramos, porque nos parecíamos tanto a ellos y apenas nos conocíamos, porque sólo importaba el sexo, enmascarado de otra cosa.

sábado 6 de junio de 2009

De flor en flor

Hace poco más de un mes observé un hecho que me resultó curioso: prácticamente el 90% de los comentarios que me dejan en el blog proceden del sexo masculino. No sé por qué. Sé que hay lectores que nunca me dejan comentarios porque no saben qué decirme: normalmente es gente que me conoce y que me suele comentar lo que le ha parecido una entrada determinada por otros medios. Luego habrá gente que me lea y que ni me conoce ni me dice nada: esto de internet es lo que tiene, mucho voyeurismo. Tengo unas cuantas lectoras, bastante fieles, pero ellos son la gran masa.
Él me lee. De hecho, se ha enfadado más de una vez con lo que digo. En más de una ocasión ha reaccionado con lo que yo decía. Una de las últimas veces que nos vimos, le comenté la anécdota. Me hace gracia que en el plazo de un día mi nueva entrada tenga 8 comentarios, todos ellos de tíos. En un principio, no le resulta extraño: le parece que me lo merezco. Pero yo sigo hablando. No me importan que la mayoría sean hombres pero me hace gracia. No sé por qué son tantos. Yo pensaba que algunas de mis entradas eran demasiado "femeninas", no aptas para lectores testosterónicos... pero quizás por eso me leen, para entender a las mujeres. Bueno, no siempre hablo desde un punto de vista femenino: en muchas ocasiones, lo hago desde el sentido común, creo. Divago. Lo sé. Pretendo encontrar una razón pero lo mismo es tan simple como que les gusta lo que escribo y punto. Pero no es la única teoría: todos tenemos una y él no iba a ser menos. Pero... en el fondo te hacen un poco la pelota. Me quedo callada pensando. ¿Y qué ganarían haciéndolo?
Su teoría es que todos, en el fondo, me quieren llevar a la cama. Me hace gracia. No puede ser eso, ¡si no me conocen! Pero sé que se me pone una sonrisa pícara, se me pone la misma cara que a Marilyn en esa imagen que no encuentro, una foto de perfil en la que apoya uno de sus dedos sobre su labio inferior y en sus ojos se ve una divertida incredulidad. Lo mismo me gusta...
Quizás no me importa, quizás merece la pena, quizás es una mala costumbre mía. Pero... bueno, eso él ya lo sabe. Cada uno se entretiene con lo que mejor le parece.
¿En ausencia? Es que ya no sé si volvió.

[Marilyn Monroe, fotografiada por Eve Arnold]

lunes 1 de junio de 2009

Je le vis, je rougis, je pâlis à sa vue
(Yo le ví, enrojecí, palidecí ante sus ojos)

Jean Racine, Phèdre (Fedra) (1677), acto I, escena tercera

[La imagen: Fedra, de Alexander Cabanel]

domingo 24 de mayo de 2009

Penélope ante la pantalla

Conocía la historia. Había leído la Odisea y las Heroidas, entre otros textos, y sabía perfectamente los detalles de aquel viaje lleno de aventuras. Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias... Eso le gustaba, el viaje, las peripecias, pero no Penélope. La espera no era lo suyo. No la entendía a ella, los años, la espera, el tapiz que tejía y destejía, tanto tiempo sin cambios más allá de las canas y las arrugas, la pretensión de que todo sería igual cuando él volviera, que seguirían siendo los mismos.
Movía el dedo sobre el ratón táctil de su portátil. Una pestaña, otra, otra, una nueva entrada, "conversaciones" absurdas en el Twitter, buscando nuevos temas en el Spotify, reorganizando sus fotografías en su Flickr... era sábado por la tarde y se iba a quedar en casa. Nadie iba a salir y él estaba fuera de la ciudad. Iba a trabajar, a la facultad, tomaba café con alguna amiga... rellenaba el tiempo pensando cuándo volvería: era una incógnita. Descubría sus éxitos y las diferentes paradas de su viaje gracias a los estados del Facebook pero nunca estaba claro cuando volvería a Madrid. Se lo pasaba bien, disfrutaba de los pequeños placeres que te puedes encontrar en cada nueva ciudad...
Lo que fueron veinte años eran casi veinte días.

[Penélope, de William Adolphe Bouguereau]

lunes 18 de mayo de 2009

Mis momentos de diva (II): la chaqueta de Balmain

(Imagen de Daria Werbowy
para el Vogue estadounidense de mayo 2009)

Recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre me ponía las películas de Sissi. A ella le encantaban desde su más tierna infancia soñadora, acentuado además por que tenía un recortable de la película. A mí... ni fu ni fa, nunca terminaron de convencerme, pero si tenía que elegir alguna, siempre era la segunda por una sencilla razón: el conde Andrássy, Gyula Andrássy. No era el más guapo pero sus atuendos húngaros, con la chaqueta a medio poner, con esas abotonaduras tan historiadas me tenían loca. Desde entonces sueño con ella y Balmain ha hecho mi sueño realidad, así que estoy rezando porque saquen unos cuantos modelos más y Amancio me la ponga a mi disposición.
Alguno pensará en los modelazos de los Beatles en el disco de Sergeant Pepper pero no: para mí siempre será mi adorada chaqueta austrohúngara.

(Retrato de Gyula Andrássy de 1884)

viernes 15 de mayo de 2009

Violencia simbólica

La violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en una "expectativas colectivas", en unas creencias socialmente inculcadas.
Pierre Bourdieu

En ocasiones me autocalifico como una cínica cuando, probablemente, no lo sea tanto. Me lo llamo porque tengo la mala costumbre de reconocer acciones no muy "honrosas" que habitualmente la gente suele ocultar. No es que me dedique a la experimentación con drogas duras ni a las prácticas viciosas con pastores alemanes... en absoluto. Pero la norma nos exige una estricta hipocresía, de sentimientos mesurados y lítotes sistemáticas.
El otro día vi Para todos los gustos (Le goût des autres), una película de hace unos años dirigida por Agnès Jaoui. Si no la habéis visto, os la recomiendo: os dará mucho que pensar. No voy a contar de qué va la película porque probablemente os la destriparía, pero sí que puedo decir una cosa: habla del gusto. Del buen gusto y del mal gusto, de su "ausencia", de lo que es tener gusto, del gusto de los otros, de lo que creemos que es tener gusto.
Pero lo curioso es que lo que parece una comedia ácida convierte a la mayoría de sus espectadores en unos hipócritas. Todo el mundo acaba empatizando con el personaje débil, con el que recibe mayores escarnios y reniega de otras situaciones. Reniega de sus críticas y de sus malos entendidos, de su capacidad para prejuzgar, para sentirse mejor que el otro. ¿Por qué? La sinceridad es un valor de doble vía: se requiere pero en exceso se obvia. Durante toda la película veía a Clara y me veía a mí, me veía rechazando lo que me disgusta, lo que considero que es inferior a mí, reprobando la ignorancia e imponiendo mi modelo cultural. Ejerciendo lo que Bourdieu define como violencia simbólica. ¿Que si me arrepiento? No. No me creo mejor, ni por ser así ni por hacerlo, pero detesto las intromisiones en mi parcela vital y no voy a ocultar mis mecanismos de defensa, lo que me molesta: lo hago visible para evitar malentendidos. Y lo he hecho miles de veces: lo he hecho con el joven masajista y agricultor, lo hago con las madres autoalienadas de mi trabajo, con ese compañero de clase que parece sacado del atrezzo de Cuéntame... Adopto un gesto severo y sentencio. No quiero más discusiones. Quiero que me odies un poquito. Quiero que pienses en la tontería que acabas de decir.
Puede que no tenga razón, pero me molestan. Pero igual que me ocurre a mí le ocurre al resto. El que esté libre de escarnio, que tire la primera piedra.

sábado 9 de mayo de 2009

"Me acuerdo muchísimo de ti... muchísimo"


¿Cuántas veces no te atreves a decir las cosas?
¿Cuántas veces prometes decir cosas que luego no dices?
¿Cuántas veces las pronuncias cuando nadie te escucha?
A veces hablar se convierte en un acto de valentía. O de locura, según se mire.

(Éste es uno de los cortos que participa en el Movil Film Fest. Me ha encantado y no os voy a engañar: me haría ilusión que ganara, me encantaría, porque además conozco a la persona que lo ha hecho. Por favor, si os gusta, votadle :D)

sábado 2 de mayo de 2009

Paciencia extenuada, impaciencia más que justificada

Sé que se va a molestar. Sé que no le va a gustar que diga ciertas cosas pero me da igual porque parece que es que mi paciencia puede ser tensada hasta límites nunca probados. ¿Que por qué no paso del tema? Y yo qué sé...
Él dice que no quiere ser intermitente, que no quiere ser como el otro, que le duele que le pinte como un tipejo que pasó de mí. Se sorprende de mi exhibicionismo, entre risas me sugiere que escriba una entrada matizando cómo es y le digo que vale. Horas después me planteo por qué debo hacerlo y tras varias semanas me "alegro" de no haberlo hecho. No ha hecho nada malo o ese es el problema, que no ha hecho nada. Se aclaran los términos pero volvemos a incurrir en los mismos fallos: pasamos del exceso a la ausencia, vamos de la insistencia en verme al grado cero de comunicación. Probablemente no le ocurra nada (o sí, a saber, no será la primera vez que no se atreven a decirme algo), puede que le desborde el trabajo, pero él sabe que detesto que no haya respuesta, que me prometan cosas que luego no se cumplen. Porque ¿cuánto se tarda en contestar un mail diciendo lo siento, no puedo, estoy muy ocupado, aunque sea mentira? ¿Cuánto puede doler que te digan déjalo ya, que estás muy pesada, cuando una es consciente de ese defecto? Creo que la cifra sería muy pequeña.
No puedo dudar de que sea un buen tío, de que sea sincero cuando me dice que lo siente, pero yo no puedo esperar siempre. Necesito señales de humo, algo que me indique qué ocurre y no estar en una completa incertidumbre. Mi impaciencia se empieza a asomar.

(Gene Tierney fotografiada por Horst P. Horst)

jueves 30 de abril de 2009

Mis cinco canciones de amor (IV): One line, de PJ Harvey

Do you remember the first kiss?
Stars shooting across the sky
To come to such a place as this
You never left my mind

I'm watching from the wall
As in the streets we fight
This world all gone to war
All I need is you tonight

And I draw a line
To your heart today
'To your heart from mine
A line to keep us safe'

All through the rising sun
All through the circling years
You were the only one
Who could have brought me here

And I draw a line
To your heart today
'To your heart from mine
A line to keep us safe'



(Imagen de la Harmonia Macrocosmica de Andreas Cellarius)

domingo 26 de abril de 2009

Visitas frecuentes al tanatorio (a mi pesar)

En el escaso plazo de dos meses y medio he ido dos veces por el tanatorio, "velando" a dos personas que me importaban y a las que les debo muchos rasgos de mi carácter: mi abuelo por parte de madre y mi abuela por parte de padre. Yo que siempre presumí de tener a los cuatro abuelos vivos y a una bisabuela, no hice más que llegar a la edad adulta y con cada cambio los he ido perdiendo: ya sólo me queda una. Lo peor es que esta última se ha ido sin que nadie lo esperásemos.
Cada vez que voy al tanatorio entro en estado de perplejidad, desde que entro a mi pesar hasta que salgo pensando que no volveré... por ahora. Siempre prefiero quedarme fuera de la sala, por dejar de ver el color amarillento y las puntillas pero, sobre todo, por dejar de estar en esa bombonera que es la sala, con esos sillones de cuero que tanto detesto, el calor asfixiante y esa luz ténue y supuestamente cálida: un ambiente empalagoso que pretende aplacar lo doloroso de la situación. Todo es cursi, todo es dulzón: el maquillaje, el espacio, las flores, las bandas con dedicatorias, la situación, la revista de los servicios funerarios Hasta pronto, el enésimo certamen de tanatocuentos... todo aquello me hace pensar que me gustaría fumar para estar siempre fuera pero en la cafetería no venden tabaco. A falta de eso, cada vez que voy a la cafetería del tanatorio hago algo que no suelo hacer: me tomo un cola-cao.
Yo no lloro. No me sale. Me duele pero no puedo hacer nada. Ni siquiera entiendo por qué hay que hacer todo eso.
(Hércules luchando con la Muerte para salvar a Alcestis, Leighton)

jueves 23 de abril de 2009

De libris

Hoy es el día del libro, un día que no se debería celebrar. ¿Por qué? Porque eso significaría que el hábito de la lectura es algo frecuente, que el hecho de leer es una fiesta en sí misma. Pero no: lamentablemente no es así. El porcentaje es muy bajo, permiten publicar a gente infame títulos deleznables y celebramos el día del libro, en el cual un montón de analfabetos funcionales compran libros porque le salen más baratos, para que cojan polvo en sus estanterías o calcen diversos artilugios domésticos.
No obstante, para todos aquellos que disfrutan con la lectura, que les encante ir a una buena librería a mirar qué libros pueden ser interesantes, aquí les dejo mis tres perdiciones favoritas.

Pasajes: ideal para todo aquel que aprenda idiomas. Su selección de libros y su atención creo que produce adicción



Panta Rhei: especializada en arte, diseño y todo aquello que esté relacionado con ello, cubre casi toda mi curiosidad sobre semiótica y moda.



Sin Tarima: pequeñita, pero muy curiosa en su selección. Es mi último gran descubrimiento: salir de copas y poder hacer un alto para comprarse algún libro interesante.

miércoles 22 de abril de 2009

Mis momentos de diva (I): le plastron à plumes de Chanel

De vez en cuando, tengo momentos de diva. Desde que ví este plastron à plumes de Chanel en una revista sueño con él y desde que sé que está hecho a mano por artesanos, más. El problema es que, sin saber cuánto cuesta, estoy segura que ni con el salario bruto anual puedo pagarlo.
Si queréis más información sobre esta joyica, pulsad aquí (que es de donde he sacado las imágenes).



martes 21 de abril de 2009

Te quiero llevar a París

[Músico bajo la lluvia, de Robert Doisneau]

domingo 19 de abril de 2009

No son buenos tiempos para los soñadores

Aún recuerdo cuando la fui a ver al cine: era un viernes y acababa de terminar mis clases en la facultad. Cogí un autobús que me dejó en Moncloa y bajé andando hasta los cines Princesa, para verla en versión original, en mi sesión favorita, la de las 16'30. Me gustó, pero no me emocionó tanto como a todo el mundo que me sugería ir a verla.
Sin embargo, con el tiempo, mi preferencia por ella fue cambiando. A los pocos meses, la vi en mi casa, doblada, y me indigné porque le habían puesto a la protagonista una voz de pito que no tenía realmente. Pasados otros tantos, en plena metamorfosis a mi "vida adulta" (por llamarlo de alguna manera: yo cambié de forma sustancial el año que supuestamente debía licenciarme), alguien comparó mi forma de vestir con la de este personaje. No le dí mayor importancia hasta que con el tiempo me he ido dado cuenta de que tenemos puntos en común... bastante llamativos.
En el plazo de dos semanas, el resultado de dos test absurdos del facebook han vuelto a incidir en mis coincidencias con Amélie Poulain. Pese a que siempre he querido que mi banda sonora fuera la de Wonderland, Yann Tiersen le ganó la partida a Michael Nyman y me salió que mi música era la Amélie; más tarde, fue mi identificación con una frase de película: "No son buenos tiempos para los soñadores".
¿Soy una soñadora? Quizás. Mi mayor similitud con ella no son ni mis faldas, ni el tamaño de mis zapatos ni mi gusto por la música de Yann Tiersen: eso son sólo datos accesorios. Eso que tenemos en común ella y yo es que me encanta hacer feliz a la gente. No siempre fue así: desde hace mucho me gusta ser ese dedo que señala cosas que no están bien, ser el azote de las incorrecciones, pero un día o un momento o que sé yo, no me acuerdo, hice feliz a alguien y me gustó. Y fue algo muy tonto porque me di cuenta de que con muy poquito puedes hacerle a alguien un regalo muy grande: un momento de felicidad, un rato menos de agobio, el saber que alguien le escucha, que se preocupa por él, saberse mínimamente importante.
Cuando la gente se entera que me gusta hacer feliz a la gente me mira raro en la mayoría de las ocasiones: no lo entienden, sobre todo qué me puede aportar. ¿Que qué me puede aportar? Pues no podría decirlo exactamente pero me gusta.

Me gustan:
  • las ciudades
  • los zapatos
  • vestirme de colores
  • llevar flores en el pelo
  • reírme
  • hacer feliz a la gente

No me gusta:
  • ir al campo
  • que me mientan
  • la mala educación
  • los trajes de rayas con zapatos marrones
  • las mezclas sintéticas
  • el chandalismo
[Imagen de Amélie (2001), de Jean-Pierre Jeunet]

jueves 16 de abril de 2009

¿Recuerdas?
¿Me recuerdas?
Soy la chica
de la piel oscura
y los zapatos gastados.
Soy la chica
con dientes cariados.
Soy la chica
negra de los dientes podridos
con el ojo herido
y la oreja destrozada.
Soy la chica
que sostiene a sus hijos,
cocina sus comidas,
barre sus patios,
lava sus ropas.
Oscura y pudriéndome
y herida, herida.
Yo daría
a la raza humana
tan sólo esperanza.
Soy la mujer
con la piel oscura bendecida.
Soy la mujer
con los dientes arreglados.
Soy la mujer
con el ojo sanado,
con la oreja que oye.
Soy la mujer: Oscura,
arreglada, curada,
que te escucha.
Yo daría
a la raza humana
tan sólo esperanza.
Soy la mujer
que ofrece dos flores
con raíces gemelas.
Justicia y Esperanza.
Comencemos.
Alice Walker

(en la foto, Rosa Parks)

domingo 12 de abril de 2009

Decálogo para seducirme (a ver si aprendemos a no cabrearme)

  1. Yo tomo la iniciativa. No te asustes, que no me como a nadie: solamente evito perder tiempo.
  2. Que diga lo que quiero sin rodeos no quiere decir que sea alguien carente de sentimientos: te estoy evitando que pienses qué quiero decir.
  3. El exceso de halagos me pone muy nerviosa. Piensa que quiero matar a Peluchito.
  4. Odio que me mientan y, además, te voy a pillar.
  5. El silencio como respuesta no es una respuesta y además fomenta la incomunicación.
  6. Mi tiempo es mi posesión más preciada: yo decido sobre él.
  7. No soy tonta y odio que subestimen mi inteligencia. En ocasiones, puede que me lo haga pero no es un buen síntoma.
  8. Tú no eres el centro del mundo: no te tengas en tan alta estima. Yo decidiré qué lugar debes ocupar en mi mundo.
  9. La capacidad de perdonar no es idiotez sino magnanimidad: no intentes rebasar mi límite.
  10. Que me preocupe por ti no quiere decir que sea tu madre: a ella no le harías ciertas cosas.
(Fotografía de Horst P. Horst)

jueves 9 de abril de 2009

Mis cuatro opciones "gafapasta" para presentarse al casting de Operación Triunfo, aunque estos dos conceptos sean prácticamente incompatibles

1. Hubo un tiempo en que se presentaban canciones más que decentes en Eurovisión: un poquito de petardismo nunca está de más pero mejor si demuestras tu dominio del francés con una canción compuesta por Serge Gainsbourg (que no sea el Je t'aime, moi non plus, un poquito heavy para esas horas)



2. Una, de vez en cuando, siente deseos de educar musicalmente al vagón de metro con su móvil, con temazos mucho más dignos que cualquiera de reggeaton, pero siempre se me ocurre hacerlo con canciones de los ochenta: podría ser Friday I'm in love de The Cure o Love will tear us apart de Joy Division pero he decidido optar por mis queridos New Order, que desde pequeña me fascinaron nada más escuchar Regret



3. ¿Por qué los grupos más cañeros no se conciben más allá de sus baladas? Mucho bolero, mucha pastelada pero a más de un superñoño de estos (más blandos que la mierda de pavo) los querría yo ver cantando una canción de Metallica o de System of a Down sin arreglos light



4. Hay vida más allá de Coldplay. Seamos modernos, arriesguémonos: los excesos vocales de Antony Hegarty o de Matthew Bellamy son más que dignos de tener en cuenta. Pero vayamos más allá y elijamos a los Yeah Yeah Yeahs.



miércoles 8 de abril de 2009

Mis cinco canciones de amor (III): Diecinueve, de Maga

Con viento del este hiciste una cama,
soplaste sobre ella para templarla,
y con el murmullo de tu voz de agua
me cantabas nanas sin letra.

Y dormíamos tan juntos que amanecíamos siameses,
y medíamos el tiempo en latidos.
Y en tus dedos yo tocaba mis canciones,
dedos de teclas de celesta.

Y tu pulso tamborileaba en mis sienes y muñecas
como diminutas patas de ciempiés,
y nos repartíamos los labios y los dientes y el hipo
y del alfabeto las impares.

Y en tus dedos yo tocaba mis canciones,
dedos de teclas de celesta.




(Les amants, René Magritte)

domingo 5 de abril de 2009

Argumentación en contra de las aventuras amorosas, escrita por alguien que ha tenido más de las que le corresponden

  1. Vulgaridad. Todo el mundo las tiene. Quiero decir todo el mundo. Los curas las tienen, la Familia Real las tiene, los ermitaños se las arreglan para tenerlas. ¿Por qué no tropiezan constantemente unos con otros en su húmedo recorrido de dormitorio en dormitorio? Zas, zas. ¿Quién está ahí?
  2. Pronosticabilidad. Cortejo, Conquista, Enfriamiento, Ruptura. El mismo monótono argumento. Monótono, pero no menos horriblemente adictivo. Después de cada fracaso la búsqueda de otro fracaso. ¡Hace que el mundo parezca nuevo otra vez!
  3. Propiedad compartida. Creo que le expuse eso bastante bien a Gillian. ¿Cómo puede uno disfrutar sus vacaciones cuando sabe que los propietarios están esperando a que se vaya para volver a entrar? Y follar contrarreloj no es mi estilo. Aunque en ciertas circunstancias puede tener sus taimadas adicciones.
  4. Mentir. Resultado directo de 3. Las aventuras amorosas corrompen; y el que habla es Alguien Que, etc. Es inevitable. Primero le mientes a un compañero/a y luego, muy pronto, le mientes al segundo/a. Oh, dices que no lo harás pero lo harás. Arrasas un pequeño estanque de integridad emocional con una gran apisonadora de mensonges. Observen al marido en chándal que sale a correr con el bolsillo lleno de monedas para el teléfono. Tin-tin, tin-tin. "A lo mejor necesito tomarme un refresco por el camino". Tin-tin, tin-tin, el sonido de las mentiras tintineando.
  5. Traición. Qué satisfecho queda todo el mundo con las pequeñas traiciones. Qué jugo le sacan. Roger el Marrullero hace lo que le da la gana impunemente, parte 27; cuando hacer lo que le da la gana impunemente no es muy difícil en realidad. Stuart es mi amigo -sí lo es- y va a perder a su mujer porque se la voy a ganar yo. Eso es una Gran Traición, pero creo que la gente puede encajar las Grandes Traiciones mejor que las pequeñas. Una aventura sería una traición pequeña y no creo que Stuart pudiera encajarla tan bien como la Gran Traición. Como ven, también pienso en él.
Hablando del asunto, Julian Barnes
(traducción de Maribel de Juan)

(La imagen pertenece a su adaptación cinematográfica, Love etc (1996) de Marion Vernoux)